Rafael Canogar

Si quisiéramos definir la obra de Rafael Canogar en pocas palabras nos resultaría una ardua tarea difícil de acometer. Estamos ante una obra de gran complejidad, con saltos de ida y vuelta entre la figuración y la abstracción.

Durante los años que comprenden su dilatada producción artística, ha desarrollado formas y lenguajes diversos. Desde sus primeras obras, en las que aún no contaba con 20 años, y con la clara influencia de Vázquez Díaz (de quien fuera discípulo), hasta las actuales existe un fino hilo del compromiso con la renovación cuya obsesión por huir de toda repetición, no le impide reinventar y volver hacia viejas ideas y formas anteriormente esbozadas.

CANOGAR, RAFAEL

Las distintas etapas, se suceden sin experiencias previas, irrumpiendo de forma espontánea y brusca, el tiempo de la pintura es una acción sincopada, que se deshace de la norma, y rompe la línea que habían seguido los pintores académicos, huyendo de la experimentación. Se trata por tanto de una liberación ante los modos normales de comportamiento, un proceso incesante de cambio y renovación.

Los cambios o lo que para nosotros supondrían sus etapas, se producen sobre las ruinas de la experiencia anterior, en una acumulación de sustratos, por los que no abandona la propia expresión. Es lo que algunos expertos llaman, una Poética fragmentada, que tras su primera imagen de independencia, dilucida el sutil leitmotiv que une todas sus partes, su argumento común. Para poder aproximarnos mejor a su producción, lo interesante será analizar como se engarzan estas etapas unas con otras y como se produce la ruptura y el cambio entre ellas.

En 1948, Rafael Canogar inició su aprendizaje en el taller de Daniel Vázquez Díaz, baluarte alternativo a las enseñanzas de la academia. A partir de aquel momento en el que primaba el rigor constructivo de la forma y el valor de la materia, se fue viendo la gran audacia del artista, quien y con el paso de los años, era capaz de introducirse en un espacio ambiguo entre la abstracción y la figuración. El paso entre ambas corrientes, que podríamos situar allá por 1954 tiene su origen en el culto a Paul Klee, preludio abstracto inmediato a la incorporación al informalismo.

Tras la Segunda Guerra Mundial, la abstracción informalista asumió el papel hegemónico de la vanguardia, negando cualquier expresión formalista, en una revolución contra el orden, pero que a su vez recuperaba los recursos propios de la pintura, la materia, el color, el gesto libre y la espontaneidad. En 1956, empieza su etapa de pintura expresiva y matérica. Una realidad inquietante surgida del impacto en la conciencia de un estado de ansiedad producido por una situación asfixiante y dramática, estableciendo un equilibrio entre composición, gesto y materia. Esta corriente fue evolucionando en 1957 hacia una expresividad rebelde y agresiva, definida como un periodo experimental, punto de partida del informalismo, en el que permanece la preocupación por la materia aunque desaparece la estructura del orden, sustituida por la expresividad condensada del gesto y la reducción intencionada del color. Esta presencia espontánea del gesto nos muestra unas obras de manufactura primitiva, que ya se había hecho patente en sus primeras obras, y que se entiende como una intencionalidad de manifestar el subconsciente, bajo la caligrafía de lo espontáneo.

CANOGAR, RAFAEL
Paisaje, 1951
Óleo sobre lienzo, 34 cm x 48 cm

Ahora bien, la espontaneidad no se puede entender en el amplio espectro de lo que el término significa, ya que de algún modo aparece maniatada, programada previamente por el propio artista, quien ante el lienzo tiene claros los colores, el entramado y la ubicación de sus gesticulaciones, pero eso si completamente desprotegido ante lo inesperado, los gestos no previstos. Chorreones, gotas, elementos accidentales frutos del puro azar, que le daban una impronta irrepetible. El gesto, en su pintura, como en la de muchos pintores españoles de la época, era un signo de protesta e incluso repulsa ante la realidad.

De 1961 a 1963 Canogar continúa con una gestualidad controlada pero que ahora deviene con un sentido plástico diferente, los fondos se hacen neutros y la acción del gesto se limita y se concreta. Abandona el efecto natural surgido de la espontaneidad para substituirlo por formas mortificadas, reduciendo el color a modo de disconformidad, matizando el efecto dramático, la repulsa y el rechazo a unas circunstancias históricas. Una carga dramática reforzada con la materia y la expresividad desgarrada.

CANOGAR, RAFAEL
El transparente, 1962
Acrílico sobre lienzo, 162 cm x 130
Colección Helga de Alvear, Madrid

Ahora bien, tras la culminación de la gestualidad, el informalismo se deshincha, perdiendo su carácter contestatario, rebelde, convirtiéndose en un juego frívolo al que se habían sumado tantos y tantos artistas. En el caso de Canogar, si quería seguir expresando el descontento debía buscar su voz en una nueva expresión, un nuevo lenguaje plástico capaz de demarcarse de las masas artísticas, acorde a los nuevos tiempos, abandonando el gesto e introduciendo elementos figurativos.

La crisis del informalismo venia de la mano del agotamiento de la abstracción. Las masas se movieron hacia la nueva figuración llegándola a convertir en tendencia. Ahora bien, en el caso de Canogar este paso tuvo un sentido más estricto, suponía la búsqueda de un lenguaje realista, un cambio radical a su obra, pero no en su actitud. En las primeras obras que surgen a partir de 1963, se deja ver un enriquecimiento del color que se plasma en una figuración basada en la fotografía, mediante la que poder dar voz y eco a la situación actual. El gesto se sustituye por la fragmentación de la imagen, destacando su referencia figurativa, un realismo hacia el drama colectivo, una realidad inquietante, que se ha definido como poética del compromiso y en la que incluirá la tercera dimensión.

CANOGAR, RAFAEL
La marcha, 1969
Técnica mixta, 151 cm x 129 cm
Göteborgs Konstmuseum

El retorno al color del que hablábamos en las primeras obras de este periodo no iba a suponer un rasgo de esta etapa. Sin dejar de sorprender Rafael Canogar es capaz de dar valor simbólico al color negro, enfatizando la carga dramática de las obras. La intención crítica iba de la mano de su intención artística, hablaba de dramas humanos, pero sin dejar que se convirtieran en meros panfletos.

En 1975 abandona la figuración, ya que ahora es esta la que se ha convertido en un lenguaje inoperante. Amplia de nuevo su gama de color, alcanzando unas expresiones puramente plásticas en una nueva abstracción. La nueva pintura, como suele ocurrir con los cambios en la obra de Canogar, parte de presupuestos radicalmente distintos, prescindiendo del elemento figurativo, se deshace de la intencionalidad crítica y del tono social, pasando a una pintura sin tensión, devolviendo al cuadro su bidimensionalidad, recuperando los principios clásicos: forma y estructura, materia y color. Las estructuras geométricas se enriquecen con el tratamiento de la materia a base de trazos rectangulares, desprovistos de gesticulación. Esto le llevó a partir de 1983 a recuperar algunos modelos del cubismo, el primitivismo de las primeras vanguardias, que tanto le había interesado en su juventud.

A comienzos de los 90 Canogar se vuelve a replantear de nuevo el cuadro, este se presenta como escenario en el que los fragmentos de las imágenes coexisten, rompiendo las fronteras del formato, del marco como ventana, que ahora el artista se ve capaz de derribar, por tal de, recomponer o construir sobre los restos pre-destruidos. Pues bien, es a esta etapa a la que pertenece la obra que ahora nos ocupa, Pompeya. Lo primero que nos viene a la cabeza cuando nos situamos ante ella es la libertad de la que acabamos de hablar, la libertad de la pintura ante las metas preestablecidas, ante los límites convencionales. Es ahora la propia pintura la que genera el formato, recuperando así la autonomía de sus orígenes. La obra es capaz de integrarse en la realidad, constituyéndose como uno más de sus componentes, sin el aislamiento al que la sometía la delimitación del marco, convirtiéndose en un objeto pintura. Como podemos observar en Pompeya, el artista recupera el rojo más puro, que ha sido capaz de tomar una simbología distinta en cada una de sus etapas desde el rojo del grito desgarrador ante la sangre de una brecha, o el rojo del fuego como en este caso, destructor de Pompeya. También vuelven el blanco y el negro, y las estructuras de formas geométricas.

CANOGAR, RAFAEL
Pompeya, 1997
Técnica mixta, 214 cm x 190 cm

El título de esta, al igual que en la mayoría de las producciones de esta época, tiene un gran significado, gozan de un vocabulario arqueológico que rememora una arquitectura aplastada. La obra, rodeando al espectador, resulta inacabada, una puerta abierta que nos invita a asomarnos al abismo de las fuerzas opuestas de la construcción y la destrucción, en la que la lucha de contrarios, comparten contradicciones con el ser humano. Bordes irregulares fruto del despiece de las planchas que forman el nuevo collage y dejan ver su estructura, en la frontera entre la pintura y la escultura.

En los últimos años Canogar ha conseguido un nuevo clasicismo, una obra mestiza, multicultural. Ser distinto sin dejar de ser, ni traicionar, el si mismo.
“Mi pintura pretende ser una reflexión de la realidad. Es la experiencia de un hombre que quiere comunicarse con los demás a través de esa vivencia que es la realización de un objeto artístico… objeto único e irrepetible”.

Rafael Canogar, nacido en Toledo en 1935 y uno de los principales representantes del arte abstracto en España, ha intentado en el suceder de sus obras reinventar la historia del arte, recorrer los caminos inescrutables, rebautizándose en el continuo fluir de las aguas de la creación artística. Tras estudiar con el pintor Daniel Vázquez Díaz, en 1957 funda junto con A. Saura, M. Millares, Luís Feito, Pablo Serrano y el crítico José Ayllón el madrileño grupo El Paso, que influenciados por el Action painting, defendieron, entre 1957 y 1960, una estética informal y la apertura de la España franquista a la escena internacional. El informalismo fue eminentemente la expresión de la libertad, de lo irrepetible y único, realizado con una caligrafía directa y espontánea.

En 1965 fue invitado como “Visiting Professor”, por el Milles College de California, Oakland, para impartir el curso de arte. Más tarde, en 1969, actuó como artista invitado por la institución “Tamarind Lithography Workshop” de los Ángeles, así como artista residente por el D.A.A.D. de Berlín en 1972 y 1974. De 1983 a 1986 fue miembro de la Junta Directiva del Círculo de Bellas Artes de Madrid, así como del Patronato del Museo Nacional de Arte Contemporáneo y en 1981-1982 y 1983-98, miembro del Consejo Asesor de la Dirección General de Bellas Artes del Ministerio de Cultura.

Ha participado en incontables exposiciones individuales y colectivas tanto en España como fuera del país. Ha realizado diversos talleres, ha dado innumerables conferencias en diversos países de Europa y América, y participado en jurados de premios y bienales internacionales. Ha recibido infinidad de premios y distinciones, y sus obras figuran en numerosos museos y colecciones públicas del mundo.

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